El inspector Rodríguez recibió un llamado urgente: en una vieja casona de barrio Parque había ocurrido un asesinato. Al llegar, encontró un salón en penumbras. En el centro, un reloj de pie marcaba las tres de la madrugada, detenido como si el tiempo mismo se hubiera quebrado. En el suelo, un cuerpo yacía junto a un cuchillo herrumbrado, la hoja aún húmeda. Cerca de la ventana, un espejo roto reflejaba fragmentos de la escena, como si quisiera multiplicar el crimen en mil versiones distintas. Los testigos hablaban de un hombre extraño, un enano que había sido visto entrando y saliendo de la casa días antes. Nadie sabía su nombre, pero todos coincidían en que lo acompañaba un perro negro que nunca se separaba de él. Mientras Rodríguez examinaba el lugar, escuchó un crujido detrás suyo. Una voz gritó “Cuidado”. El inspector giró y vio la sombra del perro avanzando hacia él, los ojos brillando como carbones encendidos. El animal se detuvo frente al reloj detenido y, al ladrar, las agujas comenzaron a moverse otra vez. En el reflejo del espejo roto apareció la figura del enano, sosteniendo el cuchillo herrumbrado. Rodríguez comprendió que el crimen no era un hecho aislado, sino parte de un ritual cada objeto el reloj, el espejo, el cuchillo, el perro era una pieza de un rompecabezas que alguien había armado para reabrir viejas heridas. El inspector salió de la casona sabiendo que el caso recién empezaba y que esas palabras perro negro, reloj de pie, enano, espejo roto, cuidado, cuchillo herrumbrado serían las claves de una investigación que lo perseguiría por el resto de su vida.
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