Deliciosa navidad
El auto iba la autopista a gran velocidad, la noche nos estaba por recibir, el cielo naranja empezaba a oscurecer y todavía tenemos mucho por recorrer. En el auto estaba manejando mama, su mano derecha llevaba el anillo de casada, su pelo rubio estaba en un rodete despeinado, su piel brillaba, unas pocas arrugas se asomaban, su ropa gris sencilla pero limpia, a su lado estaba Alex, con unos auriculares de vincha, vestido de negro, su piel pálida es adornada por pecas y su pelo, lacio, teñido de negro cae sobre su frente. Atrás a mi lado se encontraban Juan y Marcus, ellos son gemelos y a pesar de que son mis hermanos no le encuentro muchas diferencias físicas, son castaños, de pelo enrulado, unos enormes ojos color almendra adornan sus rostros, ellos son más pecosos que Alex, duermen plácidamente en el asiento enredados entre sí, nunca se separan. Alex se sacó los auriculares pregunto con un claro fastidio cuanto faltaba para llegar. Mama dijo que unas ocho horas, y empezó a intentar de convencernos de que pasar la navidad en un pueblo recóndito de Santa Cruz.
-Esta navidad, va a ser mejor, vamos a estar todos juntos, con mucha comida y cada uno va a tener su regalo- dijo mama como queriéndose autoconvencer
-A qué precio? - respondió Alex mirándola de manera fulminante
El resto de las ocho horas y pico que quedaron se las comía el silencio realmente tétrico e incómodo, nadie sabía que decir, yo solo intenté dormir un poco como lo hacían los gemelos, cuando abrí los ojos el cielo se había vuelto rosa, pude ver el campo, con las vacas amaneciendo, los pájaros volando alrededor de los pocos árboles que había, muy a lo lejos se vislumbraba las luces del pueblo. Al rededor de una hora más estábamos estacionando el auto afuera de la casa de la abuela Dominga, apenas apoye los pies en tierra mire a mi izquierda, se asomaban los altos muros del cementerio del pueblo, la entrada me mostraba las tumbas más cercanas con flores de plástico, me recorrió un escalofrió y me dispuse a despertar a los gemelos. En la puerta Dominga estaba vestida como siempre, su pelo canoso perfectamente peinado con una cola de caballo, una remera manga larga rosa se encontraba abajo de su delantal de cocina, ya sucio y desgastado por el uso excesivo, era una mujer de muy baja estatura con ojos color aceituna, sonreía acariciándoles la cabeza a los somnolientos gemelos. Una vez que las valijas ya estaban en nuestra pieza la abuela tenía preparado el desayuno para todos, desayuno completamente casero, pan, bizcochitos, tortas fritas y una serie de facturas varias acompañadas de mate, café, chocolatada o mate cocido dependiendo el gusto de cada uno. Los pequeños decidieron seguir durmiendo después de darse una panzada con las facturas, Alex los acompaño, yo preferí quedarme con mama y la abuela, empezaron a hablar del trabajo y de las cosas banales de la vida cotidiana, la abuela contaba lo mismo varias veces asumo que una ama de casa que vive sola no tiene mucho que contar. A eso de las diez de la mañana la abuela corta la conversación ya que era hora de hacer el almuerzo, al hacer todo tan casero lleva cierto proceso, ofrecí mi ayuda, pero rápidamente la rechazo, por ende, me quedé hablando con mama sobre el gran evento de mañana, haciendo cuentas con mama seriamos alrededor de unas veinte personas, entre tíos, primos, sobrinos, cuñados y hermanos, toda familia paterna. Luego del almuerzo mama consiguió convencer a Dominga de lavar los platos, yo la ayude secándolos y guardándolos, una vez que todo estaba en orden me puse a pasar una rejilla sobre las mesadas, me encontré con el anillo dorado, lo observe con más atención y adentro tenía grabado "siempre tuyo", otro escalofrió me tomo desprevenida, le di a mama su anillo. Me pareció raro no escuchar a Juan y a Marcus, cuando se callaban era señal de que estaban haciendo alguna travesura, salí al jardín a buscarlos, escuché risitas a lo lejos, salí a la calle, los vi en el cementerio con escobas. Corrí para retarlos no quise entrar al cementerio desde afuera les grité
- ¿Que están haciendo?
- Jugando a los antropólogos- dijo Juan muy convencido
- ¿Antropólogos? - los mire confundida
- si antropólogos, esos que buscan huesos de dinosaurio- respondió Marcus mientras barría una tumba
-No es antropólogo, es paleontólogo y salgan ya de ahí, no pueden ustedes estar solos y tocar las tumbas
- Yo solo lo quería ver- respondió Marcus suspirando y yéndose con resignación
Juntos nos fuimos a la casa, le avise a mama lo que estaban haciendo, corrió a encerarse en el baño a llorar, la abuela no parecía entender que pasaba realmente, ella solo se dedicaba a cocinar y limpiar con mucho esmero toda su casa, la veo limpiar cosas que no sabía que se limpiaban. El día transcurrió sin más, en algún punto mu madre salió del baño y se fue a dormir, cada vez que se deprimía Alex se enojaba más, no dijo nada, pero ya lo conozco, está en una esquina del living sentado en sillón leyendo un libro de ciencia ficción, con sus auriculares de vincha, el pelo desordenado, el no encaja en ese living maximalista de tonos marrones y rosas, pero lo veo cómodo con las piernas despatarradas sobre el sillón. Me senté al lado de él, en el sillón individual, apoyé mis pernas en los apoya brazos y me estiré para acariciarle el hombro con mi pie descalzo y sucio, sin sacarse los auriculares me miro con desagrado, le hice un gesto para que se saque los auriculares
- ¿Como estas? - le dije mientras le dedicaba una mirada compasiva
- Que pregunta más boluda, ¿cómo podemos estar? tenemos a los gemelos jugando a desenterrar huesos, la vieja está loca con la cocina y la otra no puede estar dos días sin deprimirse - me dijo con fastidio
- Se siente culpable - le solté sin mas
- Por algo será - murmuro enfocando su vista otra vez en el libro
- En algún momento la vas a tener que perdonar - le dije mientras me iba directo a la cocina.
Al abrir la pueta vi a Dominguita, desesperada cocinando cantidades exageradas de comida, Todo era un desastre, las hornallas ocupadas de ollas desbordando líquidos, vi varias fuentes sobre la mesada, me a cerqué a ver el contenido de una de las fuentes, tierra, tierra negra con gusanos.
- ¿Todo bien Dominguita? ¿necesitas ayuda?
- No nena, estoy bien, tengo mucho que hacer, porque mañana somos muchos viste, no sé si me va a alcanzar la carne. Vos anda a dormir que yo me arreglo
Decidí irme sin decir nada, no quería que se enoje y si bien esa cocina era un desastre, ella parecía saber lo que estaba haciendo. Entre en la pieza los mellizos durmiendo en el colchón del piso se abrazaban mutuamente, siempre dormían así. Mi mama dormía en una cama individual pequeña en una esquina, parecía estar en posición fetal, me subí a la cama cucheta que se encontraba en la esquina opuesta, en la habitación se respiraba un aire frio y húmedo, las manchas verdes en la pared parecían transpirar, las se sentían espesas y húmedas, intenté acomodarme en el fino colchón, pero la incomodidad que habitaba en ese cuarto era insufrible. Estuve largo rato mirando el techo, Alex ya se encontraba durmiendo en la cama de abajo, poco a poco el sueño me estaba ganando, pero no me llegue a dormir ya que me despertó el sonido de la licuadora trabajando de manera forzosa, al rato de que la licuadora prendía y apagaba en largos tramos, escuche en simultaneo a la procesadora funcionando, los portazos de la puerta principal estuvieron presentes toda la noche, no sé si en algún momento el ruido desapareció en algún momento, yo solo me perdí entre la almohada, no sé si los ruidos fueron reales o parte de mi sueños.
Abri los ojos, cuando escuche a Juan gritando, me gano la desesperación, de un salto rápido corrí al living y me encontré con una escena armoniosa, los gemelos jugaban mientras decoraban la casa, Alex limpiaba, mientras Dominga servía el desayuno en la mesa del living y mama ayudaba a los gemelos con la decoración, me dispuse a ayudar a la abuela a servir el desayuno para todos, cuando entre a la cocina para buscar la pava, esta se encontraba reluciente. Una vez puesta la mesa todos abandonaron sus actividades para unirse a desayunar, me quede unos segundos observándonos, hace tiempo que no nos llevábamos tan bien, todos actuábamos de forma amable, se respiraba armonía y paz en el aire, quizás era uno de esos milagros de navidad de película. Ya nadie gritaba, no había insultos o comentarios sarcásticos, los gemelos se portaban como los niños buenos que eran, mi mama sonreía mostrando sus dientes amarillentos por el café, Alex daba sonrisas de boca cerrada y estaba muy participativo, la abuela Dominga lucia dulce con sus cachetes rosas. Luego de nuestro agradable desayuno todos juntos nos organizamos para preparar la casa para esta noche, Alex y Juan arreglarían el jardín y el patio del fondo, Mama y Marcus limpiaban a fondo la casa, yo limpiaba y ordenaba la vajilla mientras la abuela organizaba todos sus utensilios.
- Abuela, ¿Cómo cocinaste todo esto tan rápido? - dije mientras veía como la heladera se desbordaba
- Tu papa dice que el truco es que la cocción sea lenta y todo lo demás rápido, te vas organizando -respondió con cierta tranquilidad secándose las manos con un repasador
- ¿Mi papa? - respondí estupefacta
- Si, estuvo acá esta noche y él nunca se pierde navidad- me dijo sonriéndome
No entendía el chiste ni el porqué, me amago, me fui a encerrar en el cuarto, llore en mi cama hasta que me quede dormida. Marcus me despertó gritando
- Dale Lara, levántate. Dale que vos estos tres días para arreglarte - dijo mientras me sacudía
Él tenía razón me incorporé en la cama, y fui directo a ducharme con agua hirviendo, me lave el pelo, me exfolie la piel y me lave el cuerpo. Cuando termine me puse una mascarilla desinflamante, tenía los ojos hinchados, me seque el pelo, me peine, me maquille, intentando tapar mis ojeras y pecas. Sali envuelta en una bata, fui a la habitación donde estábamos durmiendo, elegí un vestido rojo de mangas largas, acá estaba fresco, me puso aros y un collar dorado. Cuando salí ya habían llegado parte de la familia, empecé a saludar a todos, recibí comentarios agradables, sobre que estaba muy grande y linda, mis primos me dirigieron chistes sobre que sigo siendo una piojosa, nos reímos y recordábamos tiempos pasados.
- Que felices éramos cuando no teníamos nada- dijo el tío Ramon
- Y por lo menos estábamos completos - dijo mi primo Raul
A las nueve de la noche ya estábamos todos sentados, en una gran mesa en el living, todas caras conocidas no los veía hace tiempo, todos estábamos más grandes o más viejos, felices charlando con cordialidad, volvía a mi esa sensación de paz y armonía, todos vestidos con sus mejores ropas, perfumados, surgían chistes y risas. La abuela empezó a traer la comida, los platos lucían hermosos, realmente me preocupaba que fueran horribles y verlos tan bien me generaba cierta culpa, había lengua a la vinagreta, tarta de panqueques, ensalada rusa, huevos rellenos, empanadas, platos de pernil y de pavita. La mesa ya repleta, el árbol lleno de regalos, vi a los gemelos emocionados y felices sentados a mi lado, mi mama no paraba de sonreír, Alex se le escapaban risas y sonrisas todo el tiempo y yo hace mucho tiempo no me sentía tan llena, estaba rodeada de familiares que me hacían sentir querida y contenida. La abuela se paró y dijo
- Antes de que empecemos a comer quiero decirles algo. Cada navidad me pregunto cuántas más vamos a compartir y cuantas veces perdimos oportunidades de pasarlos juntos. Los años pasan tan rápido que, cuando una quiere acordarse, los más chicos ahora ya crecieron, las sillas se empiezan a vaciar y los recuerdos ocupan más lugar que las personas. Por eso les quiero pedir una sola cosa no esperen que sea demasiado tarde para decirle a alguien que lo quieren. No den por sentado que siempre habrá otra Navidad, otro abrazo o una llamada pendiente. El tiempo tiene la mala costumbre de llevarse a la gente sin avisar- Miren esta mesa, hace años era un caos de discusiones y platos vacíos. hoy estamos todos los que quedamos juntos, pero, de alguna manera, yo siento que nadie se fue del todo. Hay personas que encuentran la forma de quedarse con nosotros. En una canción, en un perfume, en una foto vieja o en una receta. Mientras alguien sea recordado, nunca desaparece del todo. Así que esta noche no quiero lágrimas. Quiero que coman, que rían, que repitan platos, que coman postre, que bailen. Quiero escuchar el ruido de la felicidad quiero sentir, aunque sea por un rato, que mi familia volvió a estar completa. Brindo por los que estamos y por los que, aunque no podamos verlos siguen encontrando el camino de regreso a casa cada Navidad - Levantamos todos nuestras copas emocionadas y brindamos
Empezamos a comer, le serví primero a los pequeños y después me empecé a comer escuchando y participando en las conversaciones. Después de mi segunda empanada de carne, mordí algo duro metálico, me saqué el anillo dorado de la muela, pensé que quizás fue un error y se lo iba a devolver a mama hasta que leí el grabado "siempre tuya", miré a la abuela y me sonrió con oscuridad en sus ojos.
Comentarios
Publicar un comentario